ECOS DE “EL ANDA” (XIV) - Una instantánea del Viernes de Dolores

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Publicada el 26/03/2021 a las 19:30
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Sigue ciñéndose la túnica morada, catapultó la Semana Santa de Cieza hacia el siglo XXI vestido de negro, pero lo cierto es que Rafael Salmerón nunca abandonó la mirada del niño que veía pasar los Santos. Ahora esa mirada se ha cuajado de veteranía, de búsqueda de las esencias por encima de la emoción epidérmica, y de cierta delectación estética. Por eso puede hablarnos del ayer y del hoy del Viernes de Dolores con el criterio de quien sabe disfrutar de la nostalgia sin ahogar la vivencia plena de lo que ofrece el presente en las postrimerías de la Cuaresma ciezana. 


 

Rafael Salmerón Pinar

 

De los años de mi infancia recuerdo de manera indeleble aquellas noches de Viernes de Dolores, en las que, asomado a la puerta de mi casa en la entonces calle General Mola, y tras una tarde de impaciente espera, me dejaba abrazar por el entusiasmo y me rendía a la emoción cuando, con la aparición de las primeras estrellas, la banda de los Armaos iniciaba su tradicional pasacalles desde el otrora célebre Hogar del Productor. Poco tardarían en dejarse oír y ver por alguna esquina las del resto de hermandades, en una ordenada ceremonia de la confusión que por unas horas ensordecía las calles y plazas de Cieza, y componía el preámbulo más genuino y ancestral en la historia de nuestra Semana Santa.

Con el paso de los años aquella costumbre, que el tiempo había convertido en rito casi obligado, se fue diluyendo a la par que el eco de los tambores y cornetas que lo protagonizaban. Y, aunque en esos otros años a caballo del viejo y del nuevo siglo se intentaría rescatar -con otras hechuras, es cierto- tan inveterada costumbre, aquel prodigioso atronar, asombro e ilusión de niños y mayores, enmudeció quién sabe si para siempre.

No habría de quedar, no obstante, huérfana y vacía la noche del Viernes de Pasión ciezano; mientras aquel bullir de bandas se iba desvaneciendo, fue abriéndose paso el silencioso y sereno viacrucis de Nuestro Padre Jesús de Medinaceli, austero y sobrecogedor cortejo que desde hace ya cuatro décadas rubrica todos y cada uno de los viernes de la Cuaresma ciezana como permanente cartel anunciador de los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor.

Era así, siguiendo la estela del Medinaceli en su peregrinar por las calles del pueblo o saliendo a su encuentro a su paso por nuestros hogares, como los ciezanos íbamos desgranando entonces ese tiempo de renovación espiritual, de preparación y conversión al Evangelio, ese tiempo de vísperas que cada año nos conduce inexorablemente ante “el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo”.

No de otro modo sigue siendo en el presente, de suerte que con el transcurso de los años el viacrucis del Medinaceli le ha conferido un sello singular e inconfundible, típico si se quiere, a la liturgia cuaresmal ciezana, cuyo epílogo se escribe en la inmensa la noche del Viernes de Dolores ante el viejo convento de san Joaquín, pues es precisamente en la Esquina del Convento, el mismo escenario en que la Cortesía pone cada año el punto y final a la Semana Mayor de Cieza, donde acontece el episodio que abre la cancela de la misma.

La Dolorosa, que desde las postrimerías del último siglo protagoniza desde ese mismo templo uno de los traslados de nuevo cuño de la Semana Santa ciezana, aguarda paciente la llegada de Jesús de Medinaceli para encontrarse con él y, ante cientos de miradas expectantes, estrecharlo entre sus brazos con ese abrazo desgarrado que nunca llegará a darle en la calle de la Amargura y que presagia en cambio el abrazo piadoso con que recibirá su cuerpo inerte cuando sea descendido de la cruz.

Es así como en la noche del Viernes de Dolores Cieza se toma, por abrumadora y ferviente voluntad popular, la licencia de trastocar el orden del relato, para que, en el compás del viejo Convento, el Señor, Jesús de Medinaceli, se encuentre con su amantísima madre, María, la Santísima Virgen de los Dolores, la Dolorosa; un fugaz instante que hace palpitar con fuerza los corazones en la plaza de la Esquina del Convento, porque nadie ignora que con el encuentro del Medinaceli y la Dolorosa Cieza clausura su cuaresma para que comience su Semana Santa.


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